
El desarrollo de nuestra misión se basa en las relaciones. Estas relaciones tienen su origen y su culminación en nuestra relación con Dios, fuente de nuestra vida, de nuestra vocación y de nuestra misión. En la oración –personal, comunitaria, eclesial–, Dios, por Jesucristo, nos llama, nos congrega en un solo cuerpo y nos envía en misión.
« Toda nuestra manera de ser y de actuar debe ser la de la Eucaristía: es el mismo camino del Señor, un movimiento eucarístico de despojamiento y de abandono de sí mismo para encontrar a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios. Oramos para que se nos conceda vivir esta dinámica eucarística a través de la comunión, el servicio, el testimonio y la celebración, para que, cada vez más, todos puedan beneficiarse de las condiciones de vida necesarias para ser plenamente humanos».»
(Introducción a las Constituciones de las Hermanas de San José de Lyon)
Nuestra oración se arraiga en la espiritualidad ignaciana y se integra en cada fase y etapa de la vida.
Viviendo y sirviendo en muchos países y culturas, nuestra oración se adapta a cada realidad y expresa la belleza, la realidad y la creatividad de cada una de ellas.